Acompañando a Jesús, el Salvador

Iluminados por la dulce y misericordiosa mirada de Nuestro Redentor en la cruz, dediquémosle unos momentos para sentirnos protegidos por la sombra de sus amorosos brazos.

A CRISTO CRUCIFICADO

“No me mueve, Señor, para quererte

el cielo que me tienes prometido,

ni me mueve el infierno tan temido,

para dejar por eso de ofenderte.

1ª Iluminación:

Conmovidos por tu sufrimiento, te miramos sin podernos creer, que un Inocente cargara con todas nuestras cruces y nos perdonara con una sonrisa afirmando, que no sabemos lo que hacemos, cuando le seguimos crucificando en el Siglo XXI con nuestro egoísmo y falta de cariño a los que nos necesitan.

Muéveme tú, mi Dios, muéveme el verte

clavado en una cruz y escarnecido,

muéveme ver el cuerpo tan herido,

muéveme tus afrentas y tu muerte.

2ª Iluminación:

Un escalofrío recorre nuestro cuerpo al mirar al Hijo del Padre Creador, moribundo por las llagas de nuestra indiferencia y soberbia al no reconocer cuantas veces nos equivocamos pisando al prójimo para que nuestra persona se ensalce en un altar que no merecemos.

 Muéveme en fin tu amor en tal manera,

que si no hubiera cielo yo te amara,

y si no hubiera infierno te temiera.

3ª Iluminación:

El cielo terrestre eres Tú, Jesús, y el infierno es el materialismo con el que queremos llevar nuestro vacío corazón.

Al mirarte en la cruz, el Reino Celestial nos protege con tu divina mirada y tus brazos abiertos para acoger a la humanidad que quiere besar tus maravillosos y heridos pies desde los cuales podemos llegar al Reino del Padre cuando pedimos perdón sincero y pensamos en no herir más a tu Divino Corazón.

No me tienes que dar porque te quiera,

porque si cuanto espero no esperara,

lo mismo que te quiero te quisiera.”

4ª Iluminación:

Aunque no solicitemos su Amor, Él nos lo obsequia con una generosidad celeste que quiere clarificar el camino a la Vida Eterna, que no es otro, que Cristo.